Personas mayores: por qué no deberían llamarlos “abuelos”
- 25 de febrero de 2026
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- Categoría: Noticias

Todo comienza por el modo en que se los nombra. La
expresión “adultos mayores” parece precisa, pero encierra una paradoja: si
existen mayores, ¿existirían adultos menores? Más allá de la etiqueta,
reconocerlos simplemente como personas los ubica en el lugar adecuado: seres
únicos e irrepetibles, con derechos, deseos, historia y proyectos propios.
“¿La ayudo a cruzar, abuela?”. Esta escena también es
cotidiana. La intención, muchas veces es amable, respetuosa, incluso cariñosa.
Sin embargo, detrás de esa palabra aparentemente inocente se esconde un hábito
cultural que merece revisión. Llamar “abuelo” o “abuelita” a cualquier persona
mayor no es un gesto neutro: convierte un rol en un rótulo. No todas las
personas mayores son abuelas, y aun cuando lo sean, ese no es el único -ni
necesariamente el principal- lugar que ocupan en su vida. Ello implica
simplificar su historia, su profesión, sus proyectos, sus vínculos y su deseo.
La Lic. Graciela Spinelli,
gerontóloga del Centro Los Pinos, explica que la abuelidad es uno de los tantos
roles que se pueden ejercer en la vida, no una condición automática ligada a la
edad. “Ser padre se decide; ser abuelo no. Es un rol que llega -si llega- como
consecuencia de la vida de los hijos”, señala.
En un contexto global donde la población mayor crece
de manera sostenida, el desafío es aún más urgente. Según la Organización
Mundial de la Salud, para 2050 el número de personas mayores de 60 años se
duplicará y alcanzará los 2.100 millones. Durante décadas, la jubilación fue
sinónimo de retiro definitivo, de repliegue. Hoy esa idea quedó obsoleta. Al
llegar a esa etapa, una persona puede tener por delante 20 o 30 años más de
vida. ¿Qué hacer con ese tiempo?
Muchos esperan la jubilación para concretar proyectos
postergados: estudiar una carrera, viajar, emprender, participar en actividades
comunitarias, construir nuevas redes sociales. Spinelli insiste en que la vida
social es un factor protector de la salud. “Cuando alguien deja de trabajar,
pierde parte de su red cotidiana. Es clave entonces construir nuevas redes,
especialmente con pares, espacios de intercambio, conversación y aprendizaje”.
La abuelidad: disfrute, no
imposición
Nada de esto niega la potencia del rol de abuelo. Al
contrario: cuando llega, puede ser una etapa maravillosa. A diferencia de la
paternidad, no está atravesada por la responsabilidad total. “Es un vínculo que
permite el juego, la transmisión de historias, la construcción de memoria familiar.
Los abuelos suelen ser los guardianes de la cultura íntima: cuentan cómo eran
sus padres, cómo crecieron sus hijos, qué desafíos atravesaron. En ese acto de
narrar, trascienden”, agregan desde el Centro Los Pinos.
Pero el disfrute tiene una condición: debe ser
elegido. En los últimos años se habla de los “abuelos esclavos”: personas
mayores que asumen el cuidado diario y permanente de sus nietos sin haber
podido decidirlo, o en una medida que invade por completo su tiempo.
Muchas personas mayores descuidan su propia salud,
reducen su vida social o postergan proyectos personales por no saber cómo poner
límites. Y eso no sólo afecta su bienestar emocional, sino también físico. Esta
presión percibida, muchas veces se traduce en el cuerpo en síntomas, cuando no
se puede poner límites y decir basta, el cuerpo encuentra por dónde hacerlo.
No soy tu abuelito
Desterrar el uso indiscriminado de “abuelo” para
referirse a una persona mayor es un pequeño gesto con gran impacto. La
identidad no se agota en la edad ni en un rol familiar. Alguien puede ser
profesional, estudiante, deportista, amigo, artista y además -si la vida así lo
quiso- abuelo.
Hoy conviven cuatro o más generaciones en una misma
familia, cada una con tiempos, prioridades y necesidades diferentes. Todas
requieren un espacio propio, respetando derechos, responsabilidades y deseos
individuales. El ocio, la recreación, la calma o el descanso no significan lo
mismo para todos.
Además, como la edad para ser padres se ha postergado
y la expectativa de vida se ha extendido, quienes son abuelos hoy también son
mayores y necesitan espacios pensados por y para ellos. Los cambios sociales
ocurren, pero su incorporación lleva tiempo.
“Llamemos a cada persona por su nombre: María, Carlos
o Tomás. Y si no se sabe, señor o señora. El nombre da identidad. Por eso es
importante preguntar: ¿cómo le gusta que lo llamen? Siempre se está a tiempo de
nombrar al otro como desea ser llamado”, concluye la Lic. Spinelli.