Estimulación cerebral profunda: una cirugía que puede mejorar la calidad de vida

Cuando la enfermedad de Parkinson
avanza, los medicamentos que inicialmente logran controlar los síntomas pueden
comenzar a perder eficacia o provocar efectos secundarios. En esos casos,
algunos pacientes pueden beneficiarse de una alternativa terapéutica quirúrgica
llamada estimulación cerebral profunda (Deep Brain Stimulation,
DBS), un procedimiento que en las últimas décadas se consolidó como uno de los
tratamientos más utilizados para los trastornos del movimiento en el mundo.

La técnica consiste en implantar finos
electrodos en regiones específicas del cerebro vinculadas al control del
movimiento. Estos electrodos se conectan a un pequeño generador de impulsos
eléctricos (similar a un marcapasos), que se coloca debajo de la piel,
generalmente en la zona del pecho. A través de estímulos eléctricos
controlados, el dispositivo modula la actividad de los circuitos neuronales
alterados por la enfermedad y ayuda a reducir síntomas como temblores, rigidez
o lentitud motora.

Aunque no cura el Parkinson ni detiene
su progresión, la estimulación cerebral profunda puede mejorar de forma
significativa la calidad de vida de pacientes cuidadosamente seleccionados, en
particular aquellos que presentan complicaciones motoras importantes pese a
recibir tratamiento farmacológico adecuado.

Precisión milimétrica dentro del
cerebro

La intervención requiere una
planificación extremadamente precisa y la participación de un equipo
multidisciplinario integrado por neurólogos, neurocirujanos, ingenieros
biomédicos y especialistas en neurofisiología.

Para localizar el punto exacto del
cerebro donde se implantarán los electrodos (conocido como “blanco quirúrgico”)
se utilizan técnicas de neuroimagen como la resonancia magnética y sistemas de
coordenadas estereotáxicas que permiten orientarse dentro del cerebro con
precisión milimétrica. Con estos datos, los especialistas calculan la
trayectoria más segura para alcanzar estructuras profundas relacionadas con el
control del movimiento, como el núcleo subtalámico o el globo pálido.

Durante la cirugía se realiza además un
registro electrofisiológico que permite escuchar y analizar la actividad
eléctrica de las neuronas mientras los instrumentos avanzan hacia el objetivo.
Este “mapa” de señales neuronales ayuda a confirmar que los electrodos se
encuentran exactamente en la región adecuada.

En muchos casos el paciente permanece
despierto durante parte del procedimiento, aunque con sedación y anestesia
local. Esto permite evaluar en tiempo real cómo responde el cerebro a la
estimulación y verificar que no se afecten funciones neurológicas importantes.

Una vez posicionados los electrodos en
ambos hemisferios cerebrales, se conectan mediante cables que pasan por debajo
de la piel hasta el generador de impulsos implantado en el tórax. El sistema
completo queda completamente interno y puede ajustarse desde el exterior
mediante programación electrónica.

Un tratamiento ajustable y reversible

A diferencia de técnicas
neuroquirúrgicas utilizadas décadas atrás, la estimulación cerebral profunda no
destruye tejido cerebral. Su funcionamiento se basa en modificar de manera
controlada la actividad eléctrica de circuitos neuronales específicos, lo que
permite ajustar la intensidad y frecuencia de los estímulos según la evolución
de cada paciente.

Esa posibilidad de programación
posterior es una de las principales ventajas del procedimiento, ya que permite
adaptar el tratamiento a lo largo del tiempo sin necesidad de nuevas cirugías.

Evidencia internacional

Actualmente, la estimulación cerebral
profunda es un tratamiento ampliamente utilizado en centros especializados de
Europa, Estados Unidos y Asia. Se estima que más de 150.000 personas en el
mundo
han sido tratadas con esta técnica para Parkinson y otros trastornos
del movimiento.

Estudios clínicos también han demostrado
beneficios sostenidos. Una investigación multicéntrica publicada en JAMA
Network
observó que pacientes con estimulación cerebral profunda del núcleo
subtalámico experimentaron una mejora cercana al 50 % en la función motora
durante el primer año
, además de una reducción significativa de las
discinesias y de las fluctuaciones motoras asociadas a la medicación.

La Parkinson’s Foundation señala
además que muchos pacientes logran disminuir la dosis de fármacos
antiparkinsonianos luego del procedimiento, lo que contribuye a reducir efectos
adversos vinculados al tratamiento prolongado.

Recuperación y seguimiento

La cirugía suele durar varias horas y,
tras la intervención, los pacientes permanecen internados entre dos y cinco
días para observación. Posteriormente se inicia una etapa de ajustes
progresivos del neuroestimulador, que se programan en consultas ambulatorias
según la respuesta clínica.

Si bien los resultados pueden variar
entre pacientes, para muchas personas con Parkinson avanzado la estimulación
cerebral profunda representa hoy una herramienta terapéutica que permite
recuperar autonomía y mejorar su vida cotidiana.

Pablo Rubino (MN 97573)

Jefe del Servicio de Neurocirugía

Joaquin Chuang

Médico del Servicio de Neurocirugía

Hospital Alemán