De la pantalla a la amenaza

Más de veinte escuelas de
Argentina amanecieron con una misma inscripción en los baños: “Mañana tiroteo”.
Las amenazas —investigadas como posible reto viral de TikTok— no se
concretaron. Pero instalaron una pregunta que la psicología no puede eludir:
¿qué condiciones hacen posible que un adolescente pase de consumir contenido
violento a emitir una amenaza real?

La respuesta no está en el
contenido que consume, sino en las comunidades donde lo procesa.

El ecosistema

El Pew Research Center (2024)
documenta que el 96% de los adolescentes de 13 a 17 años se conecta a internet
a diario —el 46% de forma casi constante— y que el 60% visita TikTok todos los
días. En ese ecosistema de acceso continuo, los algoritmos no distribuyen
contenido de forma neutral: premian lo que genera mayor reacción emocional. El
crimen real, la violencia y los desafíos de riesgo no llegan en un momento
elegido; llegan de forma permanente, con un umbral de entrada mínimo.

El consumo de este tipo de
contenido —true crime, casos criminales reales narrados en formato audiovisual
o podcast— alcanza una escala notable. Según Edison Research (2024), el 84% de
la población mayor de 13 años en Estados Unidos lo consume en alguna forma.
Pero la cifra de prevalencia no explica el riesgo. La mayoría de quienes
consumen ese contenido no desarrolla conductas problemáticas. El factor
diferencial no es la exposición: es lo que ocurre cuando ese consumo se
traslada a una comunidad activa.

Mirar no es lo mismo que
participar

La psicología del riesgo
conductual en adolescentes establece una distinción operativa fundamental: no
es lo mismo mirar que participar. Cuando un joven no solo consume sino que
comenta, acusa, especula e integra activamente una comunidad organizada
alrededor de contenido violento, entra en un circuito de refuerzo descrito por
Bandura (1977): los comportamientos recompensados tienden a repetirse. La
validación —likes, respuestas, visibilidad— aumenta la frecuencia e intensidad
de la participación.

A esto se suma lo que Baumeister
y Leary (1995) documentaron como la necesidad de pertenencia: una motivación
especialmente intensa en la adolescencia, que los grupos online pueden
satisfacer de manera inmediata y constante. Cuando ese grupo se convierte en la
principal fuente de identidad y reconocimiento, sus normas empiezan a orientar
la conducta general del individuo.

Lo que ocurre dentro de esas
comunidades tiene una lógica propia. Sunstein (2009) denominó polarización
grupal al fenómeno por el cual, en entornos donde todos comparten una
perspectiva, las posiciones se vuelven más extremas: lo que era una sospecha se
convierte en certeza, lo que era una opinión se vuelve imperativo de acción.
McCauley y Moskalenko (2011) agregan que el proceso es gradual: cada paso
parece un incremento mínimo respecto al anterior, lo que dificulta que el
propio sujeto perciba la escalada. El resultado puede incluir hostigamiento
sostenido, difusión de datos personales, amenazas directas o, en los casos
menos frecuentes pero documentados, conductas de violencia presencial.

Este mecanismo no es exclusivo
del true crime. Opera con igual eficacia en comunidades de política
radicalizada, odio dirigido o desafíos virales. El contenido varía; la dinámica
de refuerzo, pertenencia y polarización es estructuralmente idéntica.

El punto ciego del riesgo

Un hallazgo de Pew (2024) merece
atención especial: el 48% de los adolescentes reconoce que las redes sociales
tienen un efecto mayormente negativo en personas de su edad, pero solo el 14%
cree que las afectan a ellos mismos. Este patrón —identificado como bias blind
spot en la literatura psicológica— tiene una implicación práctica directa: los
jóvenes que más riesgo presentan son frecuentemente los menos permeables a las
intervenciones basadas en la advertencia directa. Decirle a un adolescente
“esto te puede pasar a vos” activa defensas, no reflexión.

La intervención eficaz no parte
del juicio ni de la prohibición. Parte de preguntas que desplazan el foco hacia
los efectos concretos sobre personas reales: ¿qué le pasa a la persona sobre
quien se está especulando? ¿Qué hace el grupo cuando alguien expresa dudas?
¿Quién define las reglas de la comunidad y cómo? Este tipo de interrogación
activa pensamiento crítico sin producir el cierre defensivo que genera la
advertencia frontal.

El efecto de contagio y la
regla operacional

Las amenazas escolares
viralizadas de 2026 en Argentina ilustran un fenómeno documentado por la
investigación criminológica: la cobertura extensa de un evento violento y su
circulación masiva en redes predice un aumento estadístico de eventos similares
en las semanas siguientes (Johnston & Joy, 2016). El mecanismo no requiere
identificación ideológica con el perpetrador: puede operar por imitación,
búsqueda de notoriedad o integración en un desafío viral.

Esto implica que los perfiles motivacionales
son heterogéneos. No todos los emisores de amenazas presentan un riesgo clínico
grave; en muchos casos la motivación es la pertenencia a un reto colectivo, sin
elaboración del daño que genera. Pero la regla operacional es inapelable: toda
amenaza se trata como real. La evaluación de credibilidad y motivación ocurre
después del protocolo, no en lugar de él.

Lo que la psicología puede
aportar

La psicología tiene una
contribución específica en este escenario: no la predicción —imposible— sino la
detección temprana de trayectorias de riesgo. Eso requiere que clínicos,
equipos escolares y profesionales de salud pública compartan un lenguaje común
sobre señales conductuales observables, dinámica grupal online y mecanismos de
escalada.

Requiere también que los adultos
cercanos a adolescentes entiendan que el aislamiento progresivo, el
retraimiento de vínculos presenciales y la rigidez del pensamiento no son solo
fases evolutivas: pueden ser indicadores de que alguien está encontrando en una
comunidad online lo que no logra encontrar en ningún otro lado. Cuando ese
proceso no se detecta a tiempo, sus consecuencias trascienden la pantalla.