Aseguran que es “injusto” tomar decisiones clínicas sólo por la edad de los pacientes

A los 41 años, Cristiano Ronaldo tiene una edad biológica más de una
década menor que su edad cronológica: 29 años. Al menos eso reveló hace
poco una empresa tecnológica basada en la venta de dispositivos de
monitorización física especializada. La posibilidad de conocer si la
edad biológica de cada persona coincide con los años que indica su DNI
ya no se limita a los grandes atletas. De hecho, la diferencia entre
ambas “edades” es un fenómeno que comienza a tenerse en cuenta desde no
hace tanto en las investigaciones y en la práctica clínica, y puede
revelar sorpresas, a favor y en contra.

“La edad suele ser el resultado de una cantidad de variables que no
siempre pueden ser medidas, como el deterioro funcional, la resiliencia
fisiológica, el desgaste y daño acumulado de tejidos y órganos, y la
potencialidad de la recuperación después de enfermedades. Cuando todas
estas variables se reducen a un único número, los médicos pueden pasar
por alto una variabilidad importante entre las personas”, escribió en un artículo publicado en The New England Journal of Medicine
(NEJM) el cardiólogo Martín Lee, ex integrante del Hospital Italiano de
Buenos Aires y actual coordinador de su especialidad en el Hospital
Privado Regional del Sur, en Bariloche, donde está radicado.

En diálogo con la Agencia CyTA-Leloir, el autor de
“La ilusión de la edad: limitaciones de la edad cronológica en
medicina”, afirmó: “Existe un metrónomo biológico que va marcando el
ritmo en cada uno. No todos tienen el mismo, a veces funciona de manera
más pausada, a veces, más acelerada. Y por eso vemos personas de 60 que
parecen de 40… y viceversa”.

Según Lee, muchas sociedades médicas y científicas de todo el mundo
están empeñadas en estandarizar un conjunto de variables para establecer
la edad biológica de cada persona, y esto tiene importantes
implicaciones clínicas que repercutirían en la atención sanitaria, tanto
sea en la detección precoz de enfermedades como en decisiones
terapéuticas importantes.

“Por ejemplo, hay pacientes que por su edad cronológica no son
candidatos a determinadas cirugías o a un trasplante porque se entiende
que la edad es un factor de riesgo. Y, sin embargo, existen personas de
edad avanzada que tienen suficiente reserva fisiológica para atravesar
esas intervenciones. Si podemos determinarla, podríamos adecuar las
terapéuticas en forma individual, no reduciendo una decisión a un
número: la edad”.

Coincide “plenamente” con la propuesta de Lee el neurocientífico
argentino Agustín Ibáñez, doctor en Psicología, director del Latin
American Brain Health Institute (BrainLat) de la Universidad Adolfo
Ibáñez (UAI), en Chile, y del Programa Internacional de Investigación en
Salud Cerebral Global del Global Brain Health Institute (GBHI) del
Trinity College Dublin, en Irlanda, quien investiga la relación entre el
envejecimiento y la totalidad de los factores socioambientales que la
persona recibe a lo largo de su vida (exposoma).

“El valor del artículo es mostrar con claridad que la edad
cronológica, por sí sola, ya no alcanza para captar la enorme
heterogeneidad del envejecimiento humano, y que seguir usándola como proxy
dominante puede llevar a decisiones clínicas imprecisas e incluso
injustas. No existe una forma universal, homogénea ni única de
establecer cómo envejece una persona. El envejecimiento es biológico,
conductual, cerebral, fisiológico y contextual al mismo tiempo y muchas
veces no es homogéneo”, señaló Ibañez a la Agencia CyTA-Leloir.

La búsqueda de parámetros estandarizados

Para Lee, quien además es especialista en multimágenes cardíacas, uno de los desafíos principales de la medicina actual es determinar parámetros estandarizados que permitan medir la edad biológica. “Ese es el reto que tenemos por delante. Hoy podemos medir variables biológicas que hace años no conocíamos o ignorábamos. Por ejemplo, en cardiología, con un tomógrafo -que la mayoría de los centros tienen- es posible medir la calcificación de las arterias del corazón, que gracias a la concentración de calcio nos brinda una aproximación a la edad vascular del paciente. En cambio, otros indicadores, como los patrones de metilación del ADN, que silencian o activan genes, se asocian a un mayor o menor envejecimiento de los tejidos, pero ése no es un estudio que esté ampliamente disponible”.

En la determinación de la edad biológica, añadió el cardiólogo, es
fundamental la reserva fisiológica de cada individuo. “No es fácil de
medir. No existe una reserva igual para todos los sistemas. Por ejemplo,
el estado de inmunidad de una persona es uno de los indicadores de esta
reserva, y sabemos que los organismos sufren de inmunosenescencia a
medida que pasan los años: no es lo mismo alguien de 30 que alguien de
90… Otros elementos para tener en cuenta son la función contráctil del
corazón, la relajación de la fibra muscular. También influyen los
factores de riesgo alterados: dos gemelos genéticamente iguales pueden
tener edades biológicas distintas si uno de ellos tiene obesidad,
hipertensión, diabetes, dislipidemia y una mala rutina de sueño y el
otro, en cambio, no presenta estos factores alterados. El estilo de vida
y el entorno también influyen”.

Una reciente investigación publicada en la revista Aging Cell evaluó una decena de variables para llegar a un score
que pueda medir envejecimiento biológico. También existen numerosas
calculadoras de edad biológica disponibles en la web. “Son importantes
intentos, pero por ahora no disponemos de una herramienta aplicable a
todos los casos”, lamentó Lee. “No se reduce solamente a variables
medidas por laboratorio como peso o altura, o evaluar distintos factores
de riesgo (colesterol, hipertensión, glucemia), tiene en cuenta también
la esfera social, cognitiva y emocional”.

Según Ibáñez, quien además es investigador del Centro de Neurociencia
Cognitiva (CNC) de la Universidad de San Andrés (UdeSA), se necesita
avanzar hacia un ecosistema de múltiples relojes de envejecimiento,
incluyendo los de órganos, los epigenéticos, los cerebrales o incluso
algunos emergentes, como los basados en el habla espontánea de las
personas.

“Estos marcadores deben validarse frente a medidas biológicas más
amplias e independientes, que no incurran en circularidad con los
propios relojes, y que además permitan predecir desenlaces realmente
relevantes, como mortalidad, conversión a demencia o transición hacia
otras enfermedades asociadas al envejecimiento”, enfatizó.

Lee reconoció que el objetivo principal de su artículo fue generar
incomodidad dentro de la sociedad médica, que accede habitualmente a las
publicaciones del NEJM. De hecho, varios colegas de otros países
respondieron con comentarios que acuerdan con la postura del cardiólogo
argentino.

“Tenemos que dejar de hacer una caja genérica para todos igual basada
en la edad. Las guías de las sociedades médicas tienen que ser
actualizadas, porque suelen ser de épocas en que no teníamos forma de
medir más variables de manera accesible. La tendencia mundial hoy no es
una medicina general sino individualizada, centrada en el paciente que
tenemos enfrente. La edad es un dato sencillo de obtener, pero da
presupuestos elementos que no son otra cosa que prejuicios. Hay que
desmembrar ese concepto, que es mucho más rico que un simple número, y
es individual”, dijo.